Un Razonamiento Descuidado


Las versiones estándar del argumento sobre el problema del mal se tratan de los males cuales Dios falla de evitar: o sea, el dolor y el sufrimiento de los seres humanos y los animales, y tambien los pecados que la gente comete. Las versiones mas ambiciosas del argumento pretenden que la existencia del mal es lógicamente incompatible con la existencia de una deidad omnipotente, omnisciente, o completamente benevolente. Las propuestas mas prudentes mantienen que la existencia del sufrimiento o del pecado debe de hacernos escéptico sobre tal deidad. O que la magnitud del sufrimiento durante los millones de años de vida sentiente en la tierra nos da plena razón para pensar que tal deidad no existe. O que casos de angustia extrema resultan en que la creencia en tal deidad sea irracional. Y así.

En mi opinión, hasta las versiones más ambiciosas resultan ser conclusivamente exitosas. No se puede evitar, a no ser que las normas de éxito se establezcan de manera demasiado excesiva. Aquellos quienes tratan de escapar la conclusión tienen que insistir que no se pueden usar premisas disputables, aunque previamente eran creíbles. Pero los filósofos pueden disputar (y disputan) todas las cosas. Algunos, por ejemplo, están preparados a discutir hasta la ley de no-contradicción. Los fieles quienes afirman que el argumento del problema del mal deja abierta una posibilidad desnuda—el tipo de posibilidad que sólo un filósofo podría apreciar— esos ganan una victoria en nombre solamente.

Lo que me interesa a mi aquí, sin embargo, es un argumento mas sencillo, uno cual ha sido extráñamente descuidado. Las versiones estándar, dije, se enfocan en los males que Dios no puede prevenir (o falla de prevenir). Pero en vez de eso podemos comenzar con los males cuales Dios comete él mismo. Hay bastantes de estos, y, en sus duraciones e intensidades, ellos empequeñecen las clases de sufrimiento y pecado a las que las versiones del argumento estándar aluden.

Porque Dios, si vamos a creer una historia ortodoxa, ha prescrito el tormento eterno como castigo por la insubordinación. Hay, es cierto, desacuerdos sobre lo que ser insubordinado significa. Algunos dicen que el mero hecho de no creer en él es suficiente para marcar a uno como insubordiante. Otros piensan que uno tiene que violar alguno de los mandamientos divinos. De cualquier manera que la prueba se establezca, es evidente que hay un complejo de actitudes psicológicas y de acciones que bastan para la condenación.

La historia ortodoxa es explícita sobre la escala temporal del castigo: durará por siempre. Muchos de los que cuentan la historia ortodoxa también están interesados en enfatizar la calidad del castigo. Las agonías soportadas por los condenados trivializa, de una manera inimaginable, los sufrimientos que sufrimos en nuestras vidas terrenales. Así, a lo largo de ambas dimensiones, del tiempo y de la intensidad, el tormento es infinitamente peor que todo el sufrimiento y el pecado que habrá ocurrido en toda la historia de la vida en el universo. Lo que hace Dios es infinitamente peor entonces que lo que hicieron los peores de los tiranos del mundo. Por más ingeniosos que fueran estos en prolongar las agonías de sus víctimas, sus torturas mataron con relativamente bastante rapidez. Se supone que Dios torturará a los condenados por siempre, y que lo hará superando ampliamente todos los modos de tormento que hemos conocido.

Aunque los que elaboran el relato ortodoxo se refieren a veces a un ajuste entre el crimen y el castigo, en verdad no hay la posibilidad de un equilibrio genuino. Porque el castigo de los condenados es infinitamente desproporcionado con respecto a sus crímenes. Hasta el peor de estos delincuentes mundanos sólo es capaz de infligir una cantidad finita de sufrimiento. No importa cuantas veces ese agresor soporte la agonía exacta que causó, todavía habrá un número infinito de repeticiones por venir. Además, en cada una de estas repeticiones, el tormento se intensificará y se extenderá a través de todos los modos posibles.

Esto es suponiendo, por supuesto, que los condenados han cometido algún crimen. Si la historia ortodoxa supone sólo que no creyeron en Dios, entonces la injusticia es aún más palpable. Alícia la agnóstica puede vivir una vida llena de caridad y de buenas obras, puede ser notable por su honestidad, su imparcialidad y su cariño por aquellos quienes la rodean. Si la falta de fe basta para la condenación, entonces su recompensa divina será una eternidad de agonía exquisita.

Variedades del Teísmo


Pues creo que las discusiones filosóficas usuales del problema del mal son un espectáculo secundario. Parece que nos esforzamos con el mosquito y nos tragamos el camello. ¿Por qué es eso?

Muchos dirán que lo que he llamado la "historia ortodoxa" es un teísmo de muñequitos, de cartoon. Los teístas adultos y verdaderos creen algo mucho más sofisticado. Las versiones estándar del argumento del mal resultan ser atractivas para los filósófos increyentes porque desplegan sólo premisas incontrovertidas, clases de premisas que los teísmos adultos tienen que conceder.

Yo respondo que esto pasa por alto dos puntos muy importantes. Primero, el argumento descuidado es aplicable contra las versiones mainstream del teísmo predicadas en todas partes. Hay argumentos fuertes para afirmar que la inmensa mayoría de cristianos y musulmanes, tanto en Norteamérica como en el resto del mundo, están comprometidos a la "historia ortodoxa." Hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento (y en el Corán) que hablan, o presuponen, esa historia, y que se leen en este sentido nominal.

En segundo lugar, no aprecia lo difícil que es evitar la "historia ortodoxa" y al mismo tiempo conservar las doctrinas distintivas del cristianismo. Para evadir el argumento descuidado, uno tiene que afirmar que los pasajes prominentes de la Escritura no deben ser leidos literalmente. Quizás hay maneras alternativas de leer la idea del castigo de Dios o de comprender el tormento. Pero necesitamos oír, no sólo que hay tales maneras, pero cuáles son.


Admito que el argumento desatendido no se puede aplicar al deísmo. Si simplemente sostienes que hay una deidad omnisciente, omnipotente, completamente benevolente, pero no tienes algún punto de vista sobre sus planes para recompensar y castigar a la gente en el más allá, entonces puedes salvar tus energías para defenderte contra los problemas más familiares del mal. Pero entonces sugiero que tendrás que reconocer que tu doctrina no es el cristianismo.

Hay varias maneras de tratar de elaborar un teísmo más sustancial. Tal vez piensas que hablar de juicio y castigo no debe tomarse literalmente. Tal vez lo que sucede en esta vida es simplemente que la gente toman decisiones. Algunos eligen la salvación, y otros la condenación. Los condenados reciben lo que han elegido. Pero si la condenación es un tormento, o si es un estado para cual el tormento eterno es una metáfora apropiada, entonces el problema vuelve a aparecer. Porque si suponemos que la supuesta elección está mal informada y es irrevocable, entonces Dios hace mal. Coloca a las personas en una situación en la que deben de hacer un juicio que las encomienda por toda la eternidad, y sabe que algunas estarán tan inadecuadamente informadas que optarán por una eternidad de tormento (o por un estado para cual el tormento es una metáfora apropiada). Es difícil distinguir entre Dios y un padre que equipa el cuarto de su niño con objetos punzantes abundantes entre un montón de fósforos, fusibles y dinamita. Por otra parte, es muy difícil ver cómo nuestras opciones verdaderas podrían ser menos mal-informadas. Pues el mundo en el que vivimos es uno en el que tenemos escasa evidencia de algún tormento potencial en el futuro, y es uno en el que aquellos que cuentan historias sobre los juicios y castigos de Dios ofrecen sugerencias incompatibles con lo que debe hacerse para evitar el tormento. En muchas versiones del cristianismo, por supuesto, nuestra falta de evidencia es una parte integral del plan divino, pues se supone que la grandeza de la fe consiste en la capacidad de confiar en la ausencia de — o incluso en los mismos dientes de — la evidencia.

Las cosas serían distintas si los condenados fueran obstinados, o sea, si persisten en su elección hasta cuando ya están plenamente informados. ¿Y esta gente? Pues, deben de preferir un estado de tormento (literal o metafórico) a la alternativa de la salvación. ¿Por qué ven el subordinarse a Dios como algo peor? Tal vez porque le ponen supremo valor a sus propias independencias. Pero si Dios es genuinamente digno de nuestra adoración entonces estar plenamente informado es reconocer todos los atributos que lo hace así. Es muy difícil imaginar cómo la resistencia hacia Dios podría sobrevivir una eternidad de manifestaciones de una magnificencia divina.

Incluso si suspendemos las dudas sobre la posibilidad de la terquedad ante la información completa, todavía podemos preguntar por qué Dios no previene la condenación. Con esto regresamos a las versiones mas familiares del argumento sobre el problema del mal. Se ofrece una explicación estándar: la libertad incompatibilista tiene supremo valor. Toma precedencia. Se alega que hasta una deidad omnipotente, omnisciente y completamente benevolente que deseaba crear un mundo en el que hay libertad incompatibilista tuviera que permitir la existencia de seres tercos que eligen permanecer en tormento eternamente.

Respondo en dos partes. Primero cuestiono el valor supremo de la libertad incompatibilista. Imaginemos dos mundos. En uno de ellos, las acciones son producidas por estados psicológicos, ellos mismos causados ​​por condiciones psicológicas previas y por las presiones del ambiente, esas condiciones y ambientes a su vez causados ​​por circunstancias anteriores, todo de acuerdo con las condiciones que los filósofos introducen para permitir la libertad compatibilista. En el segundo mundo, se realizan las mismas acciones, pero de acuerdo con el estado de cuenta incompatibilista favorito de alguien. ¿Por qué debemos pensar en el segundo mundo como un gran avance sobre el primero? ¿En qué, precisamente, reside su superioridad?

Si estás inclinado a pensar, como yo, que esa superioridad no se encuentra, no estarás satisfecho con el pensamiento de que Dios tenga que permitir que algunas personas elijan la condenación eterna. Usted pensará que Dios pudiera conformarse con un mundo con la libertad compatibilista y que él pudiera haber establecido las cosas para mantener a sus criaturas sin problemas. Por lo tanto, para escapar del problema, los teístas tendrán que explicar por qué el valor de la libertad incompatibilista es tan grande que supera hasta el tormento extraordinario soportado por aquellos que siguen resistiendo implacablemente.

Sin embargo, incluso si permitimos que la libertad incompatibilista tiene gran valor, todavía vale la pena preguntar por qué Dios ha arreglado las cosas de la manera en que las encontramos. Pudiera dejar la libertad incompatibilista intacta mientras atrae e insta mucho más de que lo hace. Suponiendo que tenemos que hacer una elección, ¿por qué debe ser hecha a través de un vidrio oscuro (1 Cor 13:12)? Otra vez, hasta en el mejor de los casos, Dios parece ser negligente.

En lugar de sustituir nuestra elección libre por el juicio y el castigo de Dios, los teístas pueden afirmar que debemos reinterpretar la noción del tormento. Las anécdotas espeluznantes sobre el fuego inextinguible y el azufre no deben ser tomadas literalmente. La condenación consiste simplemente en el estado de ser insubordinado a Dios. Esta propuesta depende de la suposición que el tormento es una metáfora apta para la insubordinación.

Yo niego que lo sea. Contento ateo que soy, mi estado de alienación de la deidad no es uno por lo cual el tormento es una metáfora adecuada. Los cristianos pueden responder que este juicio es superficial, que desde mi perspectiva mundana, puedo juzgarme lo suficientemente feliz en mi negación de Dios. Sin embargo, cuando esté completamente informado, apreciaré la grosería de mi satisfacción cochina, y el tormento será una descripción adecuada para mi condición insubordinante.

Aquí surgen problemas familiares. Supongamos, primero, que mi estado de insubordinación es inmodificable: insubordinante en la Tierra, insubordinante eternamente. Entonces, de hecho, puedo imaginar mi separación eterna de Dios como una de gran angustía, cuando llego a apreciar la felicidad gloriosa que está para siempre fuera de mi alcance. Pero, como antes, he sido puesto en una situación peligrosa, en la que mis perspectivas internas estaban determinadas por una elección que hice en mi ignorancia. Una vez más, he sido tratado injustamente.

Una segunda posibilidad es que puedo arreglar las cosas en el más allá. Cuando conozca la grandeza divina en el plan divino, accedo y me acerco a Dios. Ahora parece que la metáfora se disuelve. Mi estado de insubordinación se remedia, y ya no estoy en tormento. Tal vez la respuesta será que mi tormento perdura por el recuerdo de mi insubordinación pasada. Pero ¿por qué la memoria me causa más que una punzadita, si me veo, con razón, como insubordinante por ignorancia y remedio mi insubordinación a la luz de mis hechos? Podría aplaudir a aquellos quien hicieron la elección correcta desde la perspectiva terrenal, pero sería difícil justificar el reprendirme tan severamente que equivaldría un tormento. Además, si la memoria sirve como fuente de tormento, entonces, una vez más, Dios no ha podido evitar el mal al permitirme arriesgar mi felicidad eterna en un estado de conocimiento incompleto.

La acusación era que el argumento abandonado dependía de una versión del más allá de muñequitos. Respondo que la estrategia de leer las Escrituras no literalmente no toma el tormento como una metáfora apta para el estado de condenación, o restablece el problema. Si los textos (y las doctrinas que se extraen de ellos) no son radicalmente engañosos, entonces Dios permanece como una fuente de la maldad divina.

Pero la estrategia ha expuesto otra posibilidad: ¿qué pasa si todo el mundo se arrepiente y se salva?

La Salvación Universal


Es claramente posible que Dios evite perpetrar maldades. Puede no castigar a nadie, por ejemplo. O tal vez, él podría administrar castigos finitos ordinarios, diseñados, de alguna manera, para cambiar la condición psicológica de los que lo han resistido.

Para mi, la opción del castigo limitado es muy misteriosa. Presumiblemente Dios ha diseñado su creación para lograr un gran fin, un fin que es promovido por el arrepentimiento de aquellos que han fallado la prueba terrenal. Una réplica obvia de nosotros quienes no encuentramos gran valor en la libertad incompatibilista, es que Dios pudiera haberse salvado el problema del castigo limitado estableciendo las condiciones causales para que los resistentes no se extravíen de principio. Sin embargo, aunque aceptemos el valor supremo de la libertad incompatibilista, infligir tormentos parece bastante innecesario. Se espera que un Dios omnipotente pudiera convertir a los resistentes por otros medios, por ejemplo, con manifestaciones de su magnificencia. Si se sugiere que eso no garantiza que se haga el truco, que la resistencia aun puede persistir, también debe señalarse que, bajo las condiciones de la libertad incompatibilista, el castigo también viene sin ninguna garantía de arrepentimiento. ¿Por qué el palo funciona mejor que las zanahorias?

La idea del castigo limitado supone que Dios está dispuesto a castigar a sus criaturas mientras permanezcan insubordinante. Si uno de nosotros resiste eternamente, entonces esa persona sufrirá tormento eterno. Pero tal vez esto nunca suceda. Tal vez todos nos rendimos eventualmente. O sea, terminamos amando al 'Big Brother' de Orwell. Encontramos que el 'ministerio del amor' es irresistible. Sin embargo, esto sólo disminuye un poco la fuerza del argumento desatendido. Dios retiene la disposición de castigar a los que resisten y de castigarlos eternamente si resisten eternamente. O sea, incluso si nunca inflige el tormento infinito, está dispuesto a hacerlo. Está listo para perpetrar el mal en exceso de la suma total del dolor, el sufrimiento y la crueldad manifestada en el universo creado. La maldad divina continúa existiendo en el disfrazada como voluntad divina.

Algunos cristianos son universalistas. Ellos mantienen que Dios salva a todos. Esto sucede no porque todos finalmente caen en línea, sino porque Dios no está dispuesto a castigar a ninguna de sus criaturas. Ahora si que Dios está genuinamente exento de la maldad divina. Ni causa el tormento infinito ni tiene ninguna disposición para hacerlo.

¿Es el universalismo verdaderamente una opción cristiana? ¿Pueden los cristianos darse el lujo de negar la maldad divina? El cristianismo, propiamente dicho, requiere una redención. En su centro está la afirmación de que Jesús nació para salvarnos de algo. La condición de la cual hemos sido redimidos debe ser verdaderamente horrible. ¿Qué puede ser lo suficientemente horrible, si no el tormento eterno?

Tal vez el tormento finito. Pero para el sacrificio de Cristo, Dios hubiera tenido que purificar a cada uno de nosotros individualmente, y eso hubiera implicado un tormento significativo en el más allá. Dios se imaginó dos escenarios posibles. En el primero, la humanidad pecadora no es redimida y todos nosotros debemos ser castigados antes de lograr la unión con la deidad. En el segundo, la crucifixión sirve para limpiarnos de nuestro estado de pecado y ningún castigo después de la muerte es necesario. Debido a que Dios no quiere castigar a ninguno de nosotros, escogió el segundo.

Pero esta apología falla. Si cada uno de nosotros puede ser salvado sin castigo bajo el segundo escenario, entonces no hay ninguna diferencia entre los que tienen conocimiento del sacrificio de Cristo y los que se burlan de el; no hay ninguna diferencia entre los santos más devotos y los pecadores más grandes. Todos podemos ser perdonados instantáneamente y llevados a la felicidad de la salvación. Si eso fuera así, no hubiera necesidad de castigo en el primer escenario. Las posibilidades son entre la aceptación universal sin el sacrificio de Cristo o la aceptación universal con ese sacrificio. No hay redención, y no hay manera de distinguir a los fieles de los insubordinantes. Alternativamente, si la salvación es posible para todos a través de la muerte de Cristo, pero algunos que no aprecian este acto de redención necesitan una limpieza más profunda para ser salvos, entonces volvemos a la idea de un castigo limitado. El universalismo no se puede sostener.

Los cristianos ortodoxos piensan que el sufrimiento de Jesús da a todos una segunda oportunidad, pero que algunos no aprovechan de esa oportunidad. La redención funciona para todos, liberándonos de la mancha del pecado (parte de nuestra condición humana), pero no trayendo salvación instantánea para todos. Por eso los teólogos cristianos y los predicadores cristianos en todas partes enfatizan la importancia de la fe, y de seguir los preceptos de Cristo, etc. Si todo el mundo gana sin tener en cuenta el rendimiento, todas estas doctrinas no sólo se caen, sino también se cae la lógica de la vida terrenal. Si hasta la más perversa de la gente puede ser inmediatamente perdonada sin castigo, entonces no tiene ningún sentido nuestra vida en el valle de las lágrimas.

Así que si hay una redención, tendrá que haber una distinción entre los que se aprovechan de ella y los que no lo hacen. ¿Qué sucede con los que no lo hacen? Según el universalismo, no serán castigados. Dios los pondrá en alguna condición sin perpetrar la maldad divina.

Una posibilidad sería el no existir. Aquellos que se aprovechan del sacrificio de Cristo, o sea, los fieles, son llamados a la salvación. El resto simplemente se muere. Pero esto puede aparecer como un desperdicio. ¿No pudiera Dios haberlo hecho mejor aumentando la cantidad de aquellos que se levantarían a la oportunidad? Otra vez, es probable que el teísta cante las alabanzas de la libertad incompatibilista. Un mundo con menos que se salven y con más que se marchen al sueño eterno sería mejor que un mundo en el cual la proporción de durmientes a salvados disminuye (hasta a zero), si esto se adquiere por un intercambio de la libertad incompatibilista por su contraparte compatibilista. Concediendo eso, parece apropiado preocuparse por la justicia hacia los individuos. Imagínense un ateo feliz, para quien la vida terrenal le va bien. Desde el punto de vista de la eternidad, podríamos (y Dios presumiblemente lo hace) observar una vida innecesariamente truncada. Nuestro ateo no aceptó a Cristo, y pues así la muerte corporal le vino como fin. En general, sin embargo, podemos ver su vida en términos positivos debido al éxito de su fase mundana (su única fase, resulta ser). El problema es que otros ateos (así como los agnósticos o los paganos) tienen vidas terrenales que no son tan maravillosas; algunos de ellos soportan sufrimientos que son, por nuestros estándares mundanos, insoportables (aunque, por supuesto, sus dolores no son nada en comparación con los dolores infligidos en la historia ortodoxa con la que comenzamos). Desde la perspectiva eterna, esta vida parece un error absoluto, porque su única fase es terrible. Al traer a esta persona a la existencia, Dios ha cometido un mal divino.

El cristiano universalista podría responder que mi evaluación es errónea. Dios crea a alguien que sufre horriblemente. La muerte corporal viene al fin porque, a pesar de tener la oportunidad para la fe, el ateo no se volvió a Cristo; su resistencia fue libre (en el sentido incompatibilista). Los argumentos que hemos encontrado anteriormente son aplicables aquí también. ¿Por qué es este tipo de libertad de tan gran valor? ¿Por qué no hacer el incentivo a la fe un poco más fuerte?

Creo que los universalistas tienen una respuesta mejor. El más allá es un asunto más heterogéneo de lo que la gente ha pensado. El punto de nuestras vidas terrenales no es dividirnos en dos grupos, uno para vivir eternamente en una felicidad inimaginable, el otro para sufrir un tormento inimaginable. En lugar de ser juzgado, simplemente descubrimos quiénes somos. Algunos, tal vez los más afortunados, descubren que hay personas para quienes la adoración de la deidad es la más alta forma de éxtasis; aprecian el sacrificio de Cristo y son convocados a la presencia de Dios. Otros resisten el mensaje cristiano y desarrollan ideales distintas para sus vidas. Se les asigna lugares en la otra vida en donde se realizen esas ideales. Los filósofos ateos, tal vez, se descubrirán en algún seminario brillante, por ejemplo. Cada uno encuentra su nicho apropiado.

Esta fantasía permite que nuestros sufrimientos en la vida mundana sean redimidos. No todos estamos destinados para la salvación cristiana, para el día de reposo eterno con Dios, pero cada cual recibirá una recompensa bien adaptada. Dios no nos trata a todos igual. Pero no hay maldad divina.

La redención consiste en poner a disposición de algunos, aquellos que se dirigen libremente a Cristo, la forma más elevada de la felicidad. Somos liberados del pecado, no para evitar los terrores de la condenación eterna, sino para que tengamos la oportunidad de obtener la más maravillosa recompensa. Estamos tan liberados al como liberados de. Pero al leer las escrituras, esta fantasía implica la ignoración (o la negación) de algunos textos cruciales. Trivializa la importancia del pecado. Y, por supuesto, trivializa las referencias a los tormentos de los condenados en estos textos.

La mayoría de los cristianos siguen una versión de la religión que está comprometida a la maldad divina, el mal perpetrado por Dios. Por lo tanto, la mayoría caen en desacuerdo con el argumento desatendido. Pero quizás algunos no. Quizá algunos estén inclinados a aceptar la fantasía universalista que acabo de esbozar. ¿Puede valer esto como un estilo genuino del cristianismo? Dejo eso para que los teólogos lo decidan.

¿Podemos Admirar a los Creyentes?


Muchos cristianos parecen ser buenas personas, personas dignas de la admiración de los que no somos cristianos. A partir de ahora supongamos, en nombre de la simplicidad, que estos cristianos aceptan a un Dios que perpetra el mal divino, un Dios quien inflige tormento infinito a los que no creen en el. A pesar de las apariencias, ¿son los que adoran a un Dios maligno tambien culpable de ser malignos ellos mismos?

Vamos a considerar a Fulano. Fulano admira a Hitler. Su admiración de un hombre malo basta, podríamos decor, para hacer malo a Fulano.

Pero quizás esta conclusión es demasiado rápida. El carácter maligno de Fulano, podríamos decir, no surge de su admiración por Hitler sino de su disposición a comportarse de la misma manera de Hitler. Simplemente admirar a Hitler no es suficiente. Uno también debe estar dispuesto a emular los hechos de Hitler; y si esta disposición está presente, uno es malo, aunque la admiración permanezca o no. El modesto Fulano no está así dispuesto. Se considera indigno de eso. "Los grandes hechos están reservados para los grandes hombres", dice. (Compare: "La venganza es mía", dice el Señor.) Fritz ni siquiera pudiera golpear a un débil indefenso, ni siquiera con una docena de sus compañeros a su lado. Incluso podría extralimitarse para contenerlos. "Esta es la obra del Führer, no la nuestra", argumenta. Fulano sabe muy bien lo que Hitler querría hacer. Aunque admira a Hitler, no lo hace.

Parece que Fulano es malo simplemente porque es malo admirar a alguien que es malo. O más exactamente, es malo admirar a alguien malo en pleno reconocimiento de las características y acciones que expresan su maldad. El mal es contagioso, transmitido por la admiración con ojos claros.

Algunos adoradores del perpetrador son obviamente malvados. Les encanta contemplar el nombramiento de los condenados. Algunos piensan que el deleitarse de los sufrimientos internos de los pecadores mundanos será un componente de la felicidad de los salvados. Igual que Fulano, pueden pensar que el infligir tal sufrimiento, o cualquier sufrimiento, está más allá de su posición humilde. Se alegran de que el perpetrador haya instituido una división de labor. Su parte es perdonar a los que los insultan, dar la otra mejilla. Les alegra el pensamiento de que, al hacerlo, amontonarán brasas de fuego sobre las cabezas de sus enemigos.

Muchos otros cristianos no son así. Son sinceramente compasivos; ellos realmente perdonan a sus enemigos. Aun así, sabiendo que perpetra la maldad, lo siguen adorando. A lo mejor no les gusta pensar en ello, pero creen firmemente que, en el más allá, su Dios enviará a gente que ellos conocen, y a algunos de los cuales aman, a una eternidad de agonía inimaginable. Movidos por este pensamiento, hacen lo que pueden para instar a otros a unirse a ellos en la fe. Su profunda simpatía con los incrédulos se expresa en los esfuerzos de persuadir a otros a seguir las reglas que el perpetrador ha establecido. Sin embargo, al adorar al una deidad culpable, aceptan esas reglas. Son muy conscientes de que muchos no seguirán las reglas. Ellos piensan que, si eso sucede, el perpetrador tendrá razón en comenzar la tortura eterna. Ellos endosan la maldad divina. Y eso es bastante malo.

Entre los que no adoramos al perpetrador, hay muchos que admiran a los adoradores del perpetrador. Admiramos a algunos de nuestros vecinos, reconociendo su honestidad, su imparcialidad, su bondad, su valentía, etc. Admiramos a personas religiosas famosas por su abnegación, su valentía o su erudición - Madre Teresa, Padre Murphy, Jean Buridan. Sin embargo, sabemos que adoran al perpetrador, apoyando sus juicios sobre la propiedad del tormento eterno para algunos (incluidos nosotros), la maldad del perpetrador se extiende a ellos. Ellos admiran la maldad y están contaminados por ella. Al admirar a esta gente, también admiramos la maldad. ¿Se propaga la maldad así, por contagio?

¿Qué hay de aquellos que admiran a los que admiran a los que adoran al perpetrador? ¿Están también infectados? Si la admiración transmite la maldad, también lo hace la cadena de admiradores de tramo arbitrario. Casi todas las personas vivientes serán infectadas eventualmente. Es casi imposible evitar ser enganchado en una cadena que terminará, posiblemente a una distancia muy larga, en admiración del perpetrador. El ecumenismo sólo empeora las cosas. Cuanto más estamos preparados para ser tolerantes en asuntos religiosos, más estaremos dispuestos a pasar por alto los detalles de las opiniones teológicas de otros; más nos centraremos en su comportamiento ejemplar hacia los que les rodean: a medida que más admiran los admiradores del perpetrador, habrá más gente para admirar, y el contagio se extenderá.

Esto ocurrirá incluso si algún día no haya más admiradores del perpetrador, aunque nadie se acuerde del el, incluso si nadie recuerda a alguien quien lo adoraba, aunque nadie recuerde a nadie quien recordaba a los adoradores del perpetrador. Los únicos que escaparán serán los misantropos comprometidos. Dejando a un lado aquellos que no encuentran nada admirable en la humanidad, todos estarán contaminados con la maldad divina.

La conclusión es absurda. También es deprimente. ¿Cómo puede ser moralmente permisible ser tolerante con los demás y apreciar su valor? ¿Qué nos salva de las cadenas del contagio?

Quizás lo que nos salva es que a veces los que admiran al perpetrador no están suficientemente informados. Si Fulano no sabe de las malas acciones de Hitler, pensando en el Führer sólo como un líder fuerte y patriótico que ha restaurado la moralidad, entonces la admiración equivocada no marcaría a Fulano como malo. Del mismo modo, si admiro a un adorador del perpetrador, reconociendo que el adorador aprecia el compromiso divino al tormento eterno, y si me admiras, sin saber de mi admiración del adorador sino reconociendo mis (ocasionales) buenas obras, entonces la mancha de la maldad divina no se extiende de mí hacia ti. Estás en la oscuridad acerca de la fuente de la maldad en mí. Como Fulano, eres un inocente. Y, tal vez, tu ignorancia es mucho menos culpable que la de el.

La admiración, podríamos suponer, es un poco más selectiva de lo que sugieren los ejemplos. No sólo lo damos o lo retenemos. Admiramos a las personas por algunas cualidades particulares; a veces los admiramos a pesar de los defectos percibidos. Puedo admirar al adorador porque hace mucho por los pobres y los enfermos. Si admiro al adorador a pesar de su respaldo al perpetrador, pongo gran peso en las cualidades que son realmente buenas. Usted no sabe de mi conocimiento de su aquiescencia en las reglas del perpetrador, y de mi decisión de dar ese relativamente poco peso en mi evaluación general. Si usted lo sabía, podría tener dudas sobre mí; quizás ni puede admirarme. Así que la cadena de contagio se rompería.

Es posible, entonces, limitar la propagación de la maldad divina. Las cadenas de contagio pueden romperse porque los admiradores a menudo no están completamente informados sobre las actitudes de los que admiran, porque la admiración puede ser un asunto selectivo, una respuesta a algunas cualidades particulares. Esta es probablemente la forma en que las cosas funcionan en la actualidad. No estamos todos contaminados con la maldad.

Permanece una dificultad residual. ¿Y qué de los propios adorantes creyentes? ¿Y qué actitud debemos tener nosotros los increyentes hacia nuestros amigos cristianos? ¿Pueden evitar el contagio? ¿Podemos admirarlos y no ser infectados?

Si nuestros amigos creen en la fantasía universalista, no hay problema. No adoran al perpetrador, y pues podemos admirarlos libremente. Pero sospecho que la gran mayoría son más ortodoxos y ellos realmente piensan que su Dios cometerá a aquellos que no lo acepten a tormento eterno. Ellos pueden preferir no detenerse en ese punto, pero cuando lo consideran, aceptan su juicio. Por supuesto, no ven esto como una maldad divina. En vez, hablan de la justicia divina y de la apropiada condenación de los pecadores. Si Fulano está claro acerca de los hechos reales de Hitler, tenderá que usar locuciones similares. No hablará sobre la maldad y el genocidio, sino que alabará la adecuada purificación de la forma más elevada de la cultura y la justificada eliminación de una enfermedad.

El modesto Fulano no está dispuesto a perseguir a los judíos en su vecindario. Tampoco nuestros amigos cristianos están dispuestos a verter el sufrimiento y la humillación sobre nosotros. Sin embargo, si Hitler, o uno de sus representantes estuviera allí, junto a Fulano y sus compañeros y a la posible víctima judía, Fulano aprobaría que la persecución fuera llevada a cabo por las autoridades. Así también con los adoradores. Si el día del juicio llegara ahora, y ellos estuvieran de pie y observaran la decisión de Dios de castigarnos - sus amigos incrédulos - ellos lo respaldarían. Quizá se lamentaran por el hecho de que el castigo nos fuera prescrito; estarían llenos de remordimientos que no habíamos escuchado sus advertencias e instancias; tal vez se culparían por no haber hecho más. Pero, al final, adorarían al perpetrador; designarían la maldad divina como justicia divina.

¿Podemos absolverlos del mal por su colaboración? Podemos tratar de recordar las muchas cosas buenas que hacen, los sufrimientos que alivian, las comodidades que traen. Hay mucho para considerar en su favor. Podemos admirar su compasión, su perseverancia, su abnegación. Pero ¿podemos admirarlos, a pesar de su inclinación a adorar al perpetrador?

El equilibrio parece inclinarse en la dirección contraria. Porque, como el argumento desatendido deja claro, el mal que Dios causa es infinitamente mayor que la suma entera del sufrimiento mundano y del pecado. Es infinitamente intenso, y dura hasta siempre. Por tanto dolor que nuestros amigos eviten o alivien, es infinitesimal comparado con los tormentos infligidos a un solo individuo que recibe la condenación de Dios. Sin embargo, están dispuestos a dar testimonio de la rectitud de su perpetrador al pasar una sentencia tan severa. Están preparados a seguirlo adorando.

En general, parece que nuestra evaluación tiene que ser negativa. Ellos son como el tirano cuyas pequeñas contribuciones al bienestar de sus súbditos palidecen en contraste con la monstruosa represión que él apoyará. Si pensamos de ellos como sanos de cabeza, como plenamente conscientes del carácter de sus compromisos en la adoración del perpetrador, no podemos excusarlos. No.

Pero la mayoría de nosotros lo hacemos, al menos la mayor parte del tiempo. ¿Somos demasiado conniventes hacia la maldad divina? Probablemente no, precisamente porque el argumento descuidado es descuidado. La magnitud del tormento no se toma en serio. Nos esquivamos de la consecuencia manteniendo todo en un enfoque suave, consolándonos con el pensamiento de que el fuego del infierno y el azufre son meros conceptos, que los teístas adultos han superado esos escenarios de muñequitos. Esa es probablemente la postura más favorecida por aquellos que adoran al perpetrador; a partir de su confianza en Dios, suponen que debe haber alguna versión agradable de la historia, que no terminará literalmente con miles de millones de malditas almas retorciéndose en eterna agonía. ¿Pueden articular una versión agradable que conserve las ideas distintivas del cristianismo?

Los increyentes han sido capaces de excusar a sus amigos religiosos con el argumento de que probablemente no comprenden bien los compromisos de su adoración. Podemos pensar en ellos como buenas personas que no han visto el lado oscuro del perpetrador. Al llamar la atención al problema de la maldad divina, les estoy presentando una serie de posibilidades que previamente habían evitado. Irónicamente, puedo estar haciendo que sea imposible admirar a muchos quienes antes quería y respetaba.



David Lewis
parte de Philosophers Without Gods
(Filósofos Sin Dioses)
2010
(tradución mia)